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Lo que voy a decir es fruto de mis reflexiones personales
sobre La máquina del tiempo de H. G. Wells y la
continuación de 1995, Las naves del tiempo de Stephen Baxter.
Me encargé de la traducción de Las naves del tiempo
para la edición española y, por supuesto, releí La
máquina del tiempo, en inglés y español, intentado
evitar cometer errores. Pasé muchos meses ocupándome de ambas
novelas. |
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| Contrasta
esa forma de actuar con la de otros escritores que han tratado el tema de
las máquinas del tiempo, como el dramaturgo español Enrique
Gaspar en El anacronópete. Publicada en Barcelona en 1887,
El anacronópete antecede incluso a la primera versión
de la historia de viajes en el tiempo de Wells, The Chronic Argonauts,
por lo que fácilmente podría ser la primera historia de ciencia
ficción con un vehículo para viajar en el tiempo, ignorada
hasta ahora en el canon oficial del género3. |
| Conocemos
bien La máquina del tiempo. Un científico de clase
media explica a un grupo de amigos el funcionamiento del dispositivo temporal
y su intención de emplearlo para viajar al futuro y presencia el
desarrollo de la humanidad. El ambiente es cuidadosamente normal, porque
según Wells “cuanto más imposible es la historia que debo
contar, más normal debe ser el escenario”
(Experiment..., p. 434) y se nos da sólo la información
mínima par comprender lo que sucede. Por ejemplo, de la operación
de la máquina sólo sabemos que tiene dos palancas, porque,
como señala W. M. S. Russell5, son elementos importantes
en la trama: en un momento determinado hay que quitarlas para evitar que
los Morlocks puedan activar accidentalmente el vehículo. La
información es tan escasa que sólo dos personajes tiene nombre:
Filby, “un personaje polemista de pelo rojo”, y Weena, la
niña–mujer Eloi. El resto simplemente son Psicólogo,
Provincial Mayor, Editor, Periodista, Doctor o, el más sorprendente,
Viajero en el Tiempo; me gusta pensar que la falta de un nombre para el
protagonista principal te hace preguntarte mientras lees la novela quién
viaja realmente en el tiempo, ¿tú mismo o el viajero? Pero todas
esas profesiones empleadas como nombre refuerzan la idea de una cierta
situación social; todos pertenecen a la clase media. |
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Lo
que Stephen Baxter ha hecho es reunir dos épocas diferentes y notables.
Cuando están una al lado de otra, se las puede comparar. Y el resultado
es el esperado. Externamente puede haber similitudes, como madre e hijo,
pero en sus motivaciones e impulsos son completamente diferentes. En Las
naves del tiempo, el Viajero del Tiempo debe intentar continuamente
aprender algo nuevo y siempre le sorprende algo diferente que no esperaba.
Eso le sucedía en La máquina del tiempo: fue al futuro
esperando encontrar una gran civilización y encontró el mundo
de Elois y Morlocks, y entonces tuvo que descubrir como funcionaba su mundo.
En Las naves del tiempo se adentra en el tiempo esperando encontrar
el ahora en cierta forma cómodo mundo de Elois y Morlocks y se encuentra
con la imaginación de una escritor de ciencia ficción del siglo
veinte. Y el Viajero del Tiempo, después de cien años, debe
aprender de nuevo, y mejor que sea rápido.
Más adelante añade: “Pero ni los Elois ni lso Morlocks son humanos –ambos son post–humanos–, a pesar de mis viejos prejuicios” (Las naves del tiempo, p. 422). Y decide enfrentarse a la obscuridad y penetrar en las regiones de los Morlocks para también ayudarles a ellos. ¿Por qué ha cambiado de opinión?
Tiene incluso el valor de admitir que
Ven, el Viajero del Tiempo de Baxter ha analizado y diagnosticado las causas que modelaron el carácter del Viajero del Tiempo de Wells. Ha comprendido que papel jugaban sus prejuicios en sus reacciones. Ha cambiado, por supuesto, porque la época en que se escribió el nuevo libro es diferente, cien años más vieja. En nuestra época sería imposible decir que los Morlocks son los malos; sabemos que el “otro”, el “diferente” existe. La evolución de la especia cambia formas y caracteres. Aprende que si los Morlocks son inhumanos los Elois también lo son, que no hay ni un sólo ser humano, exceptuándolo a él, en el año 802.701. Comprende que en momentos diferentes, hay reglas diferentes. Le llevó cien años entenderlo porque nos llevó a nosotros cien años entenderlo. El cambio de mentalidad del Viajero en el Tiempo es nuestro. |
| Viajemos
un poco en el tiempo nosotros también. Por desgracia no tenemos una
máquina del tiempo a nuestra disposición, por lo que tendremos
que recurrir al viejo Gedankenexperiment einsteniano. Imaginen conmigo
un mundo futuro a unos cien años, en 2095. Allá, alguien
escribirá una continuación a La máquina del
tiempo y Las naves del tiempo. En ese libro, o lo que se considere
un libro dentro de cien años, el Viajero del Tiempo, ese hombre
común que no merece un nombre quizás porque nos representa
a todos, viajará de nuevo en el tiempo para descubrir y encontrar
algo completamente nuevo. Dentro de cien años sabremos muchas más
cosas sobre el universo y la forma en que funciona, por lo que ese
“libro” será una paseo aun más espectacular por el
universo, empleando teorías científicas que hoy ni podemos
concebir, de la misma forma que Wells no sabía nada de mecánica
cuántica, la interpretación de Everett o relatividad. En ese
“libro” se discutirán, examinarán, reinterpretarán,
rechazarán y redefinirán todas las suposiciones de nuestra
época a la luz de cien años de conocimientos, de la misma forma
que Las naves del tiempo se enfrenta a las suposiciones de Wells.
En ese “libro” la relación del Viajero del Tiempo con Elois
y Morlocks será completamente diferente porque descubrirá algo
nuevo, algo que no podemos siquiera concebir porque vivimos inmersos en nuestra
propia época, de la misma forma que Wells, aunque era un hombre
extraordinario, vivía inmerso en su propia época extraordinaria.
Todo época se cree la última. Nunca lo es; siempre hay otra
a la vuelta de la esquina esperando para atraparte. De cualquier forma, le
llevará 200 años al Viajero del Tiempo aprender eso que
aprenderá en ese “libro” del 2095. Está claro que
aprende despacio, ¿pero no nos pasa a todos? La incursión del
Viajero en el tiempo es la nuestra. |
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Agradecimiento Notas
Publicado en BEM 58 (agosto-septiembre, 1997)
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