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D I A N O G A Maestro Jedi, Maestro Pokemon 21/01/2002 por Rafael Marín Debe ser eso que llaman feedback, la realimentación dichosa. O la falta de ideas. O que las ideas están ahí desde la caverna de Platón y lo que hacemos es adaptarlas a nuestra forma de ser y de ver los tiempos, con la convicción de que somos originales y únicos cuando, en realidad, lo que hacemos es darle una y otra vez vueltas a los mismos pocos elementos. Este año, en clase de literatura, nos quedamos todos muy sorprendidos (el profesor, yo, incluido) cuando en una de las obras de Plauto descubrimos que el actor se dirigía a los espectadores de la comedia exactamente en los mismos términos en que, hoy, se asoma a la pantalla para pedirnos que apaguemos los móviles ese horror de mascota, Cinecito. Y debe ser cierto, entonces, que no hay nada nuevo bajo el sol. Y no tiene por qué ser necesariamente malo, supongo, cuando vamos dándole de continuo vueltas a la noria de la vida y la creación artística, sustituyendo intentos de control (por ejemplo, el Neoclasicismo) por estallidos de libertad absoluta (por ejemplo, el Romanticismo). Lo malo, me parece, es cuando no queremos reconocer que todo-todos venimos de un tronco común del que sólo somos hojas, peldaños de una escalera que sube (o a lo mejor baja) apoyándose siempre en lo que configura el andamiaje, el marco, las columnas de sujeción o como quiera que se llame eso que permite que las escaleras no se desplomen cuando no se desploman. Lo malo, quizás, es cuando se nos quiere vender la luna como un invento de ahora mismo, sin reconocer que su ojo blanco nos ha estado mirando desde antes de que aquel mono de nombre en inglés recibiera el calambrazo de la inteligencia (y la carrera de armamentos, que esa es otra) que le propinó el Monolito. Una de las preocupaciones que aquí este que firma tiene, como padre, es la de la televisión que ven sus hijos. De no hacer caso alguno a la caja tonta, hace unos meses que los tengo enganchados a Fox Kids y Cartoon Network y, más en concreto, a los ínclitos Pokemon. Yo sabía que tarde o temprano habría de arrollarme el tren de la historia. Pues bien, ese momento ha llegado. A mi padre le encantaba el fútbol. A mí me aburre. A mí me encantan, lo saben ustedes, los cómics, el cine, la ciencia ficción, la fantasía, los superhéroes, lo policiaco, las bandas sonoras, la literatura, dar clases... Y resulta que me ha alcanzado la barrera generacional, aunque mis hijos sean todavía muy pequeños. Cierto que compartimos la afición por la saga de Star Wars (no sé si saben que mi santa esposa se opuso con todas sus fuerzas, y me venció, a que llamáramos a mi hija pequeña «Leia»), pero me temo que ninguno de mis dos diablillos vayan a sentir esa desaforada pasión que yo siento por los tebeos y por la otra media docena de cosas que mencionaba unos renglones más arriba. No será porque uno no lo intente, claro: si no se puede hacer proselitismo con los que están más cerca, díganme ustedes a quién trato de convencer entonces. Pues bien, hecha esa salvedad, que mis hijos tienen ocho y cinco años y que yo ya peino alguna cana, tengo que poner las cosas en perspectiva. Y la perspectiva me dice que, como empezaba esta columna, no hay nada nuevo bajo el sol. Yo fui un adolescente que se inició en los caminos de la Fuerza y mi hijo es un niño que se entrena en el mundo catódico de Johto y la liga mundial. Yo adoraba a Rin-Tin-Tin y mi hijo sueña con tener a un ratón amarillo, o sea a Pikachu, por mascota. Yo me sabía de memoria (me los sé todavía, creo) los nombres, apodos, poderes y apariciones de los héroes y villanos del universo Marvel y mis hijos se saben de pe a pa, con grados de poder, características y "evoluciones" de los Pokemon de la gameboy plata, la amarilla, la oro y la que venga. Yo soy un maestro Jedi y mis hijos son maestros Pokemon. Los tenemos hasta en la sopa. Los santos padres nos quedamos in albis cuando nos preguntan cosas sobre esos bichejos tan raros (y eso que, si uno sabe algo de inglés, es fácil presuponer qué hacen y por qué y en qué transmutan), pero si hemos de ser sinceros, si no hemos olvidado al niño o al adolescente que un día fuimos, tenemos que reconocer que esos Pokemon de hoy, como los luchadores del Pressing Catch de hace diez años, como los superhéroes Marvel de hace veintisiete, como el Capitán Trueno de hace treinta y dos, como el Guerrero del Antifaz de hace cuarenta y cinco, como Luis Candelas de hace siglo y medio, como Ojo de Halcón y Uncas y Chingahook de hace tres siglos, como los panteones grecorromanos de hace dos milenios son lo mismo, o al menos algo parecido, una idea que se va metamorfoseando, adquiriendo carta de naturaleza propia precisamente porque a veces oculta sus huellas y, al adaptarse a nuevos medios, con un buen apoyo publicitario o mediático, se disfraza de algo nuevo. Luego ya es cosa nuestra, o de los poderes-que-son, vendérnoslo como la cuadratura del círculo, como el pentágono diabólico que sin duda no son, o como la copia más vulgar de aquella otra copia que, en nuestros tiempos, sí que nos parecía divina. Maestro Jedi, maestro Pokemon, ya digo. © Rafael Marín 2002
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