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Miquel Barceló

El futuro es un país tranquilo, de José Manuel Sánchez Ron
16/04/2001

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L U C U B R A C I O N E S
2001, ¿y ahora qué?
21/12/2000

por Miquel Barceló

El 2001 ha venido y nadie sabe como ha sido. Es un decir. Sí lo sabemos. Ha venido con la parsimonia y la aparente lentitud del devenir de un tiempo que, muchas veces, sólo percibimos cuando miramos atrás con dos o tres décadas de distancia.

Y, ¿qué es el 2001? Básicamente se trata del primer año del siglo XXI como sabía muy bien Stanley Kubrick quien, reconozcámoslo, lo puso de moda como referente optimista del futuro en su película 2001, una odisea espacial de 1967. Volveremos a ello.

El 2001 es, también, el primer año del tercer milenio de la era cristiana. Una curiosa efemérides falsa ya que nadie sabe a ciencia cierta cuando nació Jesucristo e, incluso, muchos historiadores dudan de la realidad de su existencia. No hay ninguna prueba histórica de ello. Sabemos de su persona por lo que contaron algunos de sus posibles discípulos y amigos que, eso sí, escribieron bastantes años después de su presunta muerte. Pero, tras dos mil años, muchos están completamente convencidos de su existencia real, tal vez de la misma forma como los mormones creen que John Smith (de quien sí hay evidencia histórica de su existencia) encontró una nueva biblia grabada en oro gracias a las indicaciones de un ángel. Así somos los humanos. Por eso, algo tan incierto como el 2001 parece tener sentido.

Si el referente popular del 2001 es la película de Kubrick, triste es comprobar que muchas de las cosas que allí se anticipan no han ocurrido. Como nos recuerda un reciente anuncio televisivo, hemos llegado al 2001 y muchas de las cosas que esperábamos no son realidad. Existe una estación espacial pero mucho más precaria que la espectacular bailarina toroidal de la película de Kubrick. No hay bases en la Luna y, por suerte o por desgracia, no ha aparecido el monolito. Seguimos solos.

Kubrick imaginó un futuro casi optimista en el que la exploración del espacio habría seguido al ritmo que era posible imaginar en 1967, un par de años antes de la llegada del ser humano a la Luna en donde quedaron bien marcadas las huellas de las botas de Neil Armstrong. Unas huellas reales que la posterior ficción de la nave alienígena de Independence Day borraba de manera imposible agitando a su paso una inexistente atmósfera lunar. En el cine, como en todo, todavía hay clases.

Kubrick, y todos con él, podíamos imaginar entonces, a finales de los años sesenta, un esplendoroso futuro a la exitosa carrera espacial. Pero, sin que nadie pudiera haberlo previsto, la exploración del espacio se truncó muy pocos años después de la llegada de Armstrong a la Luna. Por eso no hemos tenido hasta hoy otra estación espacial que la MIR soviética, ni hay bases en la Luna, ni hemos viajado hacia Júpiter en un vuelo tripulado.

Tal vez se trate de un indicio claro de cómo la exploración espacial con naves tripuladas era sólo un objetivo propio de la guerra fría. Una vez conseguido el éxito popular con el americano pie de Armstrong indeleblemente grabado en la superficie lunar, se acabó volviendo a las sondas robóticas, mucho más eficientes, seguras y sin los problemas y costes que genera el complejo sistema de soporte vital. Ahora, a la nueva estación espacial internacional se la llama Alfa, para intentar olvidar que, de nuevo en lo que importa de verdad, la tecnología espacial soviética se adelantó con los quince años de experiencias de la MIR. "Cosas veredes, amigo Sancho" como nos recordaba el ingenioso hidalgo de algún ignoto lugar de la Mancha.

Pero el optimismo de Kubrick era, entonces, razonable y creíble. Además se trataba de cine y, por si eso fuera poco, de cine de ciencia ficción del que la serie B de los años cincuenta nos enseñó a desconfiar.

Otros despistes han resultado más sonados.

En las mismas fechas en que Kubrick imaginaba su película, en el Hudson Institute se llevaba a cabo un magno ejercicio de prospectiva bajo la dirección de Hermann Kahn. El resultado nos pintaba un final de siglo casi esplendoroso como pudieron constatar todos los lectores de un libro titulado Hacia el año 2000 que aquí publicó Kairós, la editorial de los Panniker. Pues bien, el gran modelo matemático que deseaba dibujar los rasgos esenciales del último tercio de siglo, podía estar bien, pero algunos de los datos que manejaba no. A principios de los años setenta, se encareció el petróleo y, con él, el coste de la energía. Todos los pronósticos de la prospectiva del Instituto Hudson se fueron al garete: nadie había imaginado un futuro en el que la energía fuera más cara. Sic transit gloria mundi...

Tal vez por ello, en la década de los setenta, otro modelo matemático, el de los Meadows y otros investigadores, nos enseñó que el crecimiento tenía límites y que no era prudente consumir tantos recursos y acumular tantos residuos. En un sistema finito no se puede crecer siempre. Hoy, la amenaza para el futuro ya no es tan solo la espada de Damocles de la guerra nuclear definitiva. Se nos decía ya en los años setenta que el sistema económico en el que estábamos embarcados no tenía buen futuro. Kenneth Boulding ya nos había recordado, en los mismos años sesenta en que Kubrick pensaba su película, que vivimos en una nave espacial llamada "planeta tierra" y que, en lugar de la tradicional "economía de frontera" que dilapida demasiados recursos, nos iría mucho mejor con la "economía de la nave espacial". Una metáfora que nos recuerda lo más imprescindible y que un buen navegante espacial conoce al dedillo: si el día de mañana desea beber, lo mejor es que recicle sus micciones. El agua disponible está acotada en cualquier nave espacial, como lo están los recursos en nuestro planeta.

De cualquier forma, mal que bien hemos llegado al 2001. Tenemos ordenadores, televisión en color, mejores sistemas de diagnóstico y cuidados médicos y seguimos siendo más, muchos más. Hemos pasado en los últimos cincuenta años de 3000 a 6000 millones de humanos que, por si ello fuera poco, vivimos durante muchos más lustros. La nave espacial Tierra está cada día que pasa más saturada y degradada. No es como la de Kubrick, aséptica y limpia.

Por eso parece un tanto ilusorio hacer ejercicios de prospectiva. Si Kubrick y sus asesores fallaron casi tanto como los especialistas en prospectiva del Hudson Institute, mejor ser prudentes y dejemos que Rappel y sus impresentables colegas se enfrenten al futuro lejano. Bastante tenemos con luchar con el presente y el futuro más inmediato. 2001, ¿y ahora qué? Ahora, como siempre, a esperar que el mañana sea mejor, si puede ser gracias a nuestra colaboración activa.

Tenemos la suerte de que no parece que sea posible que nos mate un ordenador enloquecido como HAL que lucha por su supervivencia. Nos matamos solos en las muchas guerras a las que llamamos locales (como si sus muertos resultaran menos muertos...) que siguen asolando el planeta.

No existe ese HAL, pero sí uno de sus parientes que ya ganó al ajedrez al mejor gran maestro humano (hoy reciente perdedor ante un competidor humano). Y también existe esa red que lo penetra todo a la que llamamos no la "madre de todas las redes" cual correspondería sino, simplemente, la "red de redes" o Internet. De momento dicen que hay ya unos 300 millones de usuarios de Internet lo que no deja de ser una manera de decirnos, de forma implícita, que 5.700 millones de humanos no acceden todavía a Internet. Tal vez aún sea posible la salvación.

También superamos hace casi un año el temor que nos causaba el llamado "efecto 2000", y ahora sólo nos preocupan los virus que puedan infectar esa magna red de redes. Aunque también nos siguen preocupando los otros virus, los de siempre, los de la biología, esos que nos siguen infectando y matando, cosa esta última que también conseguimos con gran eficiencia por nuestros propios medios fumando, comiendo mal y ensuciando nuestras arterias, sin olvidar los abundantes choques con nuestros vehículos que nos sirven para ir cada vez más deprisa tal vez a ninguna parte.

Por suerte o por desgracia ahora empezamos a vislumbrar la posibilidad de enmendar la plana a la misma evolución biológica. Somos, en lo biológico, tal y como la evolución nos construyó hace decenas de miles de años para habitar la sabana africana, pero ahora vivimos en otros ambientes más proclives al cemento. Pero si la evolución no llega ya a tiempo para cambiarnos y adaptarnos al nuevo medio que nosotros mismos hemos creado, ahora podemos cambiarnos desde dentro jugando con los genes, las proteínas y todo lo que la ingeniería genética y las nuevas biotecnologías permiten. No es poca cosa. Ojalá, como nos exhorta Stephen Hawking, usemos de ese nuevo poder con sabiduría.

Pero, pese a los agoreros de la hecatombe nuclear y todas las nefastas perspectivas más realistas que la idílica visión del 2001 de Kubrick, hemos sobrevivido hasta hoy y, posiblemente, sobreviviremos al menos unos cuantos años más. Mala hierba nunca muere y, tal y como dicen algunos devotos de la hipótesis Gaia, quizá seamos la mayor y más grave enfermedad del planeta que ya no parece capaz de curarse a sí mismo. Sobreviviremos.

Aunque, si les he de decir la verdad, el 2001 ya me importa muy poco. Lo que me gustaría es poder ver como va a ser el 2101... Demasiada gente va a ver el 2001 real, además de conocer el de Kubrick. Eso ya no mola. Estoy seguro que les gustaría presenciar conmigo al menos el 2101. No desfallezcan, igual lo conseguimos. Ganas no nos faltan.

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