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O P I N I Ó N
Tito en el espacio
21/05/2001

por Pedro Jorge Romero

Dennis Tito, el multimillonario norteamericano, ha vuelto de sus vacaciones en el espacio, después de haber pagado veinte millones de dólares, mientras la NASA sigue quejándose. Es difícil tomarse en serio a la agencia norteamericana. Las suyas, suenan más a quejas de quien tiene dinero suficiente para comer sin preocuparse y se indigna de que otros tengan que trabajar. Parece que desde su punto de vista, los muy plebeyos rusos han mancillado la pureza de “su” Estación Espacial “Internacional” aceptando dinero por llevar a un hombre hasta ella.

Mientras tanto, los rusos han descubierto el filón de montar una empresa de taxis al espacio y no están nada dispuestos a dejar escapar la oportunidad. Lo ven como una forma de conseguir fondos para financiar, aunque sea en una parte muy pequeña, su programa espacial. Aunque eso sí, es muy poco probable que vuelvan a enviar a un turista a la ISS; después de todo, ¿quién quiere aguantar las quejas de los vecinos cuando uno se trae invitados a casa? ¿Quién se arriesga a que el próximo turista americano sea tratado de forma tan poco cordial por sus propios compatriotas? No estaría bien para el negocio.

Y bueno, tampoco es tan pura la NASA. ¿Por qué existe la Estación Espacial Internacional? Básicamente, para mantener ocupada a la potente industria aeroespacial americana (aunque ahora que el presidente Bush ha decidido reactivar el proyecto del escudo antimisiles, la cosa podría cambiar), conseguir publicidad para los vuelos tripulados y mantener a los ingenieros rusos ocupados no sea que se dediquen a fabricar misiles para Dios sabe quién. En general, la comunidad científica internacional no encuentra ninguna razón para justificar el gasto de la estación que, cuando haya terminado su vida útil, habrá costado más de 100.000 millones de dólares. En principio, la estación, al estar habitada, no es lo suficientemente estable para realizar experimentos que podrían hacerse mucho mejor en módulos automáticos.

Algo similar sucede con la fabricación en el espacio. Un vuelo del transbordador espacial cuesta aproximadamente 400 millones de dólares. Con semejante cifra, aunque la estación espacial internacional fabricase oro sin coste alguno no compensaría económicamente traerlo a la Tierra (eso sin contar, claro, el coste en sí del vehículo que puede llegar al par de miles de millones de dólares). Realmente parece un sueño muy lejano lo de tener fábricas en el espacio y encima esperar que den beneficios. Y además, ¿no se supone que ahora vivimos en la era de la información, que eso de fabricar productos físicos está pasado de moda y que todos deberíamos dedicarnos al sector servicios?

Nos queda la idea de emplear la estación espacial internacional como primera parte para una misión tripulada a Marte. Pero semejante viaje podría costar casi lo mismo que toda la estación espacial en sí, e incluso diez veces más. En comparación, la misión Pathfinder del 97 costó más o menos la mitad que un vuelo del transbordador. Es, simplemente, demasiado caro mandar gente al espacio, y también, demasiado peligroso. Más aún, podría argumentarse con facilidad que la insistencia en los vuelos tripulados ha hecho más daño que bien a la exploración espacial. Quizá la NASA crea que el mundo no se implicará con la exploración espacial a menos que envíe a personas, pero hacerlo así exige también gastar mucho dinero ya sólo para mantenerla con vida, dinero que podría emplearse en misiones más baratas, eficaces y que ofreciesen mejores resultados científicos.

Los robots y las sondas automáticas han explorado hasta ahora el sistema solar, y han obtenido muchos conocimientos científicos y han ofrecido visiones asombrosas. Son ellos los que han obtenidos las imágenes espectaculares que todos los aficionados al espacio hemos mirado más de una vez o que incluso hemos comprado en libros. Después de todo, uno se puede arriesgar con ellos como no podría arriesgarse con un ser humano, enviándolos a lugares totalmente inhóspitos. Y cuando dejan de ser útiles, no hace falta traerlos de vuelta. Se les deja vagabundear por ahí y algunos han demostrado que incluso así siguen siendo útiles.

La NASA debería aprender de la Disney, que descubrió hace muchos años que los seres humanos pueden identificarse con gran facilidad con un dibujo animado tanto, o más, que con un ser humano. Tres círculos formando la figura de un ratón, y a correr, que todo el mundo disfruta. Tenemos una gran habilidad para otorgar personalidad al objeto más inanimado, y la narrativa, el cómic y el cine han demostrado que hasta una piedra puede convertirse en héroe y en protagonista de aventuras.

Y también debería aprender de su propia experiencia. Precisamente, una de las misiones espaciales más emocionantes de los últimos años fue la del Pathfinder con su encantador Sojourner. Ese cochecito corriendo por ahí capturó la imaginación del mundo, y era extremadamente fácil identificarse con él y con sus aventuras. Incluso Lego tiene ahora su kit Exploration Mars (complemento al sistema de invención robótico MindStorms) para simular misiones automáticas al planeta rojo, con lo que los niños pueden crecer jugando con sus robots marcianos. Es fácil imaginar un Marte repleto de robotitos autónomos, cada uno con su nombre y su personalidad, su misión propia y su guía específica, cuyas aventuras se pudiesen seguir por Internet para tener no sólo una de las más exitosas misiones espaciales sino también, como ya demostró el Sojourner, una de las páginas web más visitadas. (Incluso, podría uno plantearse alquilarlos, por un par de millones la hora, para que el que esté dispuesto lo dirija por Marte durante un ratito, contando, claro, con los veinte minutos que tardarían en llegar las instrucciones.)

Por todo ello, no me tomo en serio las críticas de la NASA a la visita de Tito. En primer lugar, como buen turista y consumidor, no ha quemado el dinero sino que lo ha metido en la industria que le ha permitido viajar. Más de un empleado ruso cobrará gracias a él, e incluso es posible que parte de su dinero se dedique a una misión espacial realmente interesante. Pero además, si se supone que comercializar el espacio es uno de los objetivos de la Estación Espacial Internacional, no debería desecharse el turismo con tanta alegría. Después de todo, si alguien está dispuesto a pagar por ir al espacio (allá cada uno con su forma de gastar el dinero, que si se es libre para ganarlo se es libre para invertirlo como uno quiera), ¿por qué no cobrarle por hacer realidad su sueño? Ya que la Estación Espacial Internacional es casi un montón de chatarra inútil , ¿por qué no convertirla en un hotel?

Eso sí, a dos viajes por año y a veinte millones por cabeza, tardarán 2.500 años en amortizarla, algo más que su vida útil. Como han demostrado muchas empresas de Internet, ningún plan de negocio es perfecto.

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