El archivo de Nessus E N T R E V I S T A
RESEÑAS | COLUMNAS | ARTÍCULOS | REVISTAS | ENTREVISTAS

Una entrevista con Rafael Marín

Pedro Jorge Romero: ¿Por qué comenzaste a escribir?

Rafael Marín Trechera: La verdad es que nunca me lo he planteado. Sí sé cuándo, y hasta cómo: En tercero de bachillerato (plan antiguo), el profesor de literatura nos mandó hacer una obra de teatro a cada alumno. Yo hice dos, una de humor y otra épico-medieval. Le cogí gusto a la cosa y continué escribiendo después, ya novela. Empecé así, directamente, con la novela, sin pasar por los relatos. Naturalmente, nunca acabé nada. Mis influencias entonces eran las novelas de a duro (curiosamente, la que más me gustaba de todas resultó ser de mi ahora entrañable amigo Angel Torres Quesada, también gaditano), y el Flash Gordon de Dan Barry (más que de Raymond), incluyendo algún que otro personaje sacado directamente de Jack Kirby: ¡Qué difícil era inventar sin que se notaran las influencias!

PJR: ¿Por qué ciencia ficción?

RMT: Sigo preguntándome por qué, y jamás he podido contestarlo. Yo insisto en que no escribo ciencia ficción,, sino que me valgo de la ciencia ficción para escribir. Lo dijo Asimov, me parece que como un insulto, pero lo acepto y con gusto. Mis amigos los "literatos oficiales" cuando han leído Lágrimas de luz o Unicornios sin cabeza se han llevado las manos a la cabeza (me han descubierto, vamos), y han reconocido que no es ciencia ficción. Tanto mejor. Desde luego, el ghetto, sobre todo en este país, es un auténtico coñazo. Un compañero de facultad me pinchaba para que dejara de escribir chorradas y hiciera algo más serio (le gustaban mis poemas), porque calidad literaria tenía y estaba perdiendo el tiempo. Me pregunto si no tendría razón, porque en este puñetero género y este no menos puñetero país siempre eres un novel, un debutante.
Pero creo que todo lo que he escrito es difícilmente clasificable como perteneciente a la ciencia ficción (que sigo sin saber lo que es), como género. Siempre he jugado a juntar influencias, a mezclar situaciones, subgéneros y estilos. Se notaba ya, me parece, en "Nuca digas buenas noches a un extraño", que se adelantó por cierto a Blade Runner en varios años (siempre he pecado de falta de modestia); se nota en "La luna pálida", mezcla de relato erótico y tecnológico; se nota en Lágrimas de Luz, mezcla de western, novel autobiográfica, novela épica, novela histórica, novela picaresca... Se nota (y ahí me duele), en La Leyenda del Navegante, mezcla del mediterráneo y el mundo sajón, de Prince Valiant y Nippur de Lagash, de la fantasía y la historia medieval y renacentista, de lo épico y lo cotidiano (decía Borges que cuando lo sobrenatural sucedía dos veces, dejaba de serlo; alguien debería contárselo a los guionistas de Conan). Ese ha sido siempre mi problema, nadar entre dos aguas, con el agravante de que en vez de satisface a todo el mundo, he corrido el riesgo de digustarlos a todos.
Una anécdota que viene al caso. En San Fernando, ciudad cercana a Cádiz, convocan un concurso de relatos en dos vertientes: relato negro y relato erótico. Voy yo y me presento (me he vuelto muy pesetero), con un relato llamado "Cenicienta de asfalto", la historia de una prostituta que hace auto-stop en la carretera y a quien su chulo da una paliza por quedarse con un cheque en blanco y tal. Me llaman por teléfono. ¿He ganado? (sonrisa de oreja a oreja). No, me dan un accésit. Nada de pasta. Lástima. Voy a recoger el accésit (me daba corte dejarlos tirados), y cuando me entregan el diplomita, que andará por ahí perdido entre mis otros papelados, me dice muy sonriente el miembro del jurado: "Estaba escrito de puta madre (palabras textuales), era el mejor escrito de todos. PERO no sabíamos si era negro o erótico".
(Cuando se me pasó el sofoco, presenté el susodicho cuento a otro concurso, esta vez local, y lo gané. Afortunadamente, este valía más pasta).

PJR: ¿Cuales eran tus ambiciones?

RMT: La fama, la gloria en vida, el éxito. Supongo que cuando empecé en esto tenía muchísima más confianza en mí mismo y creía que el "mundo exterior" era menos estreñido, más dispuesto a reconocer mis cualidades. Ingenuo como soy, aunque ni yo me lo crea (también soy tímido, pero no se lo creen ni mis alumnos), tenía una visión de escritor made-in-Hollywood: Esas películas donde el chico de provincias lleva el libro al editor, y en el siguiente plano se ve ya publicado y en los escaparates, la gente comprándolo, pidiéndole autógrafos... Lo que no es. Como le escribí en la dedicatoria que le hice a un amigo poeta de Lágrimas de luz: Lástima que la literatura sea una cosa pequeño burguesa y bastante cutre.

PJR: ¿Escribir sirve como valor catártico? ¿Te enseña algo sobre tu propia personalidad?

RMT: No lo sé. Cuando una cosa no sale como tú quieres, cuando llevas cuatro horas delante del folio (o de la pantalla del ordenador) y no consigues sacar nada en claro, es la sensación más horrible del mundo, un dolor de muelas psicológico, un latazo. Pero cuando te entra el brainstorming y ves que lo que haces está bien, cuando te sorprendes a tí mismo, es absolutamente acabradabrante, una especie de orgasmo mental. NADA puede comparársele.
Lágrimas de luz sí me enseñó mucho sobre mí mismo, hasta tal punto que hay partes enteras que son absolutamente biográficas y tuve que jugar a disfrazarme (aun así, mis amigos dicen que leen el libro y es como si estuvieran charlando conmigo). En La leyenda del Navegante, no puedo por menos que pensar que la historia, contada por un personaje femenino, está hablando de mí: Me estoy describiendo desde fuera, aunque sólo hay dos páginas que son absolutamente reales.

PJR: ¿En qué sentido tu vida te impulsó a la escritura, puedes indicar alguna tendencia temprana?

RMT: Después de las obritas de teatro y los novelones inconclusos, las imitaciones de Conan me llevaron a plantearme que no estaba preparado para hacer todavía Guerra y paz. Estábamos en los principios de la transición. Descubrí a Umbral y, con él, la literatura. Renuncié a las novelas-río, me metí de lleno en un colectivo literario de chalados irresponsables y, como no podía publicar aquellas maratones inconclusas, hice un par de relatitos de tres folios, temática social. Luego, escribí ya "Habrá un día en que todos" y "Breve historia del retiro y posterior descanso de Dorgon, el héroe", que envié a Nueva dimensión en un arrebato de locura. En Nueva dimensión, Augusto Uribe me aconsejó que los enviara a la Hispacón, y a partir de ahí creo que lo demás se sabe.

PJR: ¿Cómo te llega la inspiración?

RMT: La inspiración, para mí, no existe. Existe el trabajo, la constancia, el rodaje. Una cosa es la idea, la chispa, el petardazo que te puede llegar en cualquier momento, y luego otra muy distinta es ponerte a rellenar hojas y hacerlo con un mínimo de calidad y de coherencia. Las ideas pueden ser geniales, pero si no están bien escritas no hay nada que hacer.

PJR: ¿Hasta que punto se te puede conocer por lo que escribes?

RMT: No se si soy el más indicado para contestar a eso. Pero, de todas formas, tampoco hay por qué pretender que todo lo que hacen mis personajes lo hubiera hecho yo. Hamlet tiene matices homosexuales y yo, de momento, no lo soy. Sí es cierto que los personajes han ido coincidiendo conmigo en varias etapas de mi vida: Steel y el protagonista de "Habrá un día en que todos" son más cínicos, y correspondientes a mis diecinueve o veinte años, la etapa en que me reía del mundo porque, además, iba a comérmelo. Hamlet es más indeciso (yo no lo soy), como si me estuviera preparando para rendirme, para claudicar ante la Corporación-sociedad. Ysemeden Elsinores (la narradora-esposa del protagonista de mi novela inédita), es más serena, más tranquila, más madura, es la que va templando y templada a su vez por el calzonazos de su esposo. Saca las conclusiones que quieras.

PJR: ¿Escribes a varios niveles? ¿Hay mensajes ocultos en tus escritos?

RMT: Hay muchos matices, muchísimos, tal vez demasiados. Yo no pongo una palabra al azar, me lo pienso mucho. Escribo para mí, y así me va. Si eres lector de ciencia ficción, entenderás sólo una parte de Lágrimas de luz. Si nunca has leído a Umbral, por ejemplo, te perderás muchos matices en las escenas lírico-eróticas. Si crees que la fantasía heroica debe ser una repetición machacona de Conan y lo peor de El señor de los anillos, entonces La leyenda del Navegante te parecerá un plomo y una mierda.
No creo que haya mensajes ocultos. Cuando escribía poesía, sí: mensajes amorosos que sólo yo y la destinataria comprendíamos. Hay momentos en mis relatos, claro, que sólo pueden entender quienes me conocen (el relato "Otros días, otros sueños", por ejemplo, metido con calzador y por cabezonería en el libro de los Unicornios), pero si la literatura está bien hecha, eso no es un obstáculo, sino precisamente la gracia: hacer universal lo particular.

PJR: Me comentabas que durante dos años no pudiste escribir nada que no pareciese salir de la boca de Hamlet Evans. ¿Te sucede lo mismo con todos tus personajes?

RMT: De momento, sólo con Hamlet, aunque es cierto que después de La leyenda del Navegante no he escrito más que algunos relatos sueltos, de temática "normal", y una novelita corta situada en el mismo universo narrativo de Lágrimas de luz. Con Hamlet me quedé completamente vacío, y tardé muchísimo en escribir algo nuevo.
También puede que fuese por pura manía: Escribí Hamlet en una máquina roja y pequeñita, una Königer, que se me partió un mal día. Me compré una eléctrica y, oh, no me acostumbraba. Era como si no escribiera con mi letra. Tanto, que relatos como "Los caminos de la arena" o las cien primeras páginas de La leyenda del Navegante están escritos primero a manos y luego pasados a máquina.
Afortunadamente, el ordenador parece que ha solventado el problema. Si ahora no escribo, o escribo menos, no se debe precisamente a que no me habitué a mi nueva letra de fósforo a que Hamlet vuelva a atormentarme en lo que digo.

PJR: ¿Puedes describir tu estilo, o tu carencia del mismo? Me comentabas que al principio aspirabas a escribir cada cuento en un estilo completamente diferente, sin embargo yo resaltaría que muchos de tus cuentos están escritos en primera persona, por ejemplo.

RMT: Mi estilo ha ido cambiando, no sé si conscientemente o no, según lo que haya tenido que escribir: Acido, cortante y burlón en "Nunca digas buenas noches a un extraño"; poético y rebelde en Lágrimas de luz; recargado y casi renacentista para ir estilizándose en La leyenda deal Navegante. Y luego los relatos son más pintorescos: llenos de tacos y expresiones vulgares en "Un payaso arrepentido", completamente descriptivos y no narrativo en "Nocturno", erótico-reflexivo en "La luna pálida"... yo que sé. Siempre he querido creer que cada relato debía tener su tempo, su estilo, su forma de ser contado que debía ser esa precisamente y no cualquier otra. Me ha pasado, por ejemplo, con una historia que lleva cuatro o más años rondándome en la cabeza: "Ebano y acero", monólogo estilo "Un payaso arrepentido" de un trabajador-esclavo negro, ahora convertido en mendigo sin piernas, que cuenta la historia de una huelga salvaje en una mina del espacio. Había que escribirlo tal como teóricamente hablaría un negro analfabeto y completamente alienado: "emana, emana, ven, asme un fabó, dale al pobesito Yundibé una limonna, emana". Como si lo escribiera Ivá el de la Puta Mili.
Pues no, me resultó imposible, porque los giros y los tonos que yo le iba a dar al escribirlo, con mi andaluz de Cádiz, no iban a ser entendidos por un señor que me leyera en Gijón o en Badalona. Además, los linotipistas se iban a volver locos. Decidí escribirlo en normal: "Hermana, hermana, ven, hazme un favor, dale al pobrecito Yundibé una limosna, hermana". Y ya no era lo mismo. Me obligó a hacer frases más entrecortadas, que le daban otro matiz al personaje. Lo aparque en un subdirectorio, y ahí ha dormido el sueño de los justos durante un montos de años. Lo rescaté el otro día, lo seguí. Hice cinco o seis folios. Y entonces descubrí que estaba equivocado, el cuento no había que escribirlo en argot ni en castellano entrecortado sino desde fuera: No era Yundibé el que debía contar la historia, sino el poeta (en este caso, la poeta, Hroswita) a quien pide limosna, en estilo indirecto. Ahora ya sé cómo tengo que contarlo, sobre todo en base al comentario final, que justifica toda la historia, así que lo único que me falta es tiempo y ganas de hacerlo (calculo que dentro de otros cuatro o cinco años...)
Pero sí, es cierto, casi siempre escribo en primera persona. Y casi siempre mis personajes son unos solitarios. La novela que teóricamente debería de empezar a escribir algún día (terror, pero no terror, yo me entiendo), va en tercera persona, aunque me temo que los personajes van a seguir estando un poco solos.

PJR: ¿Hay algún tema recurrente en tus escritos?

RMT: No lo sé. Lagrimas de luz estaba lleno de pretensiones, de ganas de hacer literatura, de trascendencia. Sin embargo, La leyenda del Navegante es simplemente una fantasía cotidiana, donde todo es muy pastel, muy pre-rafaelista, muy Barry Smith, donde no hay grandes soliloquios ni grandes juicios de valor.
Un amigo, muy flamenco él, está leyendo ahora Lagrimas de luz. No es nada aficionado a la ciencia ficción pero, según dice, le está gustando porque "tiene ideología. La palabra 'Libertad' está en todas partes".
Quizás ese sea el tema clave, la libertad, la rebeldía romántica, el individuo contra el mundo. Lo malo, como me dijo un alumno hace poco, es que todo termina mal. Joder, y es cierto.

PJR: ¿Puedes describir la rutina que sigues para escribir?

RMT: No sigo ninguna rutina, entre otras cosas porque soy muy vago y ahora con la excusa de las traducciones escribo más bien poco. Lágrimas de luz la escribí enterita en la cocina de mi casa, todas las tardes, desde las cinco o las seis hasta las nueve de la noche, en nueve meses sin interrupción. Los relatos varían: lo mismo los hago (o los hacía) de una sentada que paso años sin acabarlos. La leyenda del Navegante la empecé hace un montón de años, pero no la continué hasta que no le cogí el truco al estilo y tuve ya el ordenador, y entonces prácticamente hacía unos cuatro o cinco folios al día.
Si me metí en esto de las traducciones fue, precisamente, aparte de para ganar el dinero que no te da la creación propia, para crearme una disciplina de trabajo que prácticamente vengo siguiendo a rajatabla: conecto la máquina a las cuatro de la tarde y me dan las diez y todavía estoy liado. Lo malo es que esa disciplina todavía no he tenido oportunidad de emplearla para algo mío.

PJR: ¿Tienes algún tipo de libreta para las ideas interesantes que se te ocurren?

RMT: No. Todo lo almaceno en la cabeza. Una novela que no escribí, "Y sobre estas piedras" (no te cuento de qué va por si me la plagian, que siempre queda la posibilidad de escribirla algún día), empecé a apuntarla en una libretita la mar de mona. Lo dejé cuando me dí cuenta de que en realidad estaba escribiendo ya la historia en plan light y sin llegar a la altura.
En Lágrimas de luz me hice un esquema de cada capítulo (bueno, más que un esquema era una leonera, pero lo entendía), donde sabía cuándo y dónde tenía que cortar, qué alusiones meter, qué puntos reforzar, incluso qué metáforas y comparaciones usar en qué momento. Algo parecido, pero a menor escala, hice con La leyenda del Navegante. No sé improvisar, lo siento. Tengo que saber lo que va a pasar, cuánto va a medir lo que pasa, hasta qué punto tengo que poner diálogo y donde empezar la descripción... matemático, vamos. De vez en cuando he apuntado por ahí las imágenes y las figuras literarias que se me han ocurrido, a lo mejor, con años de antelación a lo que después he escrito, el caso del capítulo donde Hamlet es alcanzado en la cara y cuenta todo lo que le pasa desde su situación inmóvil en el suelo, por ejemplo.
Ahora tengo un subdirectorio con los títulos de los relatos y novelas que quiero hacer en un futuro. Pero me pasa una cosa. Como "Hijo del hombre" y "Colón" tengo titulados dos relatos y que me aspen si me acuerdo de qué demonios se trata.

PJR: ¿Tienes alguna superstición sobre la escritura?

RMT: Ahora sí. Cuando se habla de las cosas, se chafan. El puñetero Lágrimas de luz tardó una enormidad en publicarse, y no puedo por menos que pensar que se debe a que lo fui pregonando a los cuatro vientos. Lo de La leyenda del Navegante clama al cielo. El mismo amigo poeta que citaba antes me pidió algo para una revista de por aquí, Fin de Siglo. Como me pedían tres folios y no tenía nada escrito, le llevé un fragmento de la novela que en esos tres folios tenía más o menos una unidad temática. Y el tío escribió, delante de mis narices: "Fragmento de La leyenda del Navegante, novela de próxima publicación". Recuerdo que mi sentido arácnido vibró en ese mismo instante. Terminé el libro un par de años después y por ahí lo tengo, sin que nadie quiera publicarlo. Me lo gafó, el hijo de su madre.

PJR: ¿Te molesta la soledad que implica el escribir, o te molestaba?

RMT: Todo lo contrario, me encanta. Soy muy charlatán, muy abierto y comunicativo, pero en el fondo soy muy apagadito, muy metido en lo mío. Cuando me pongo a escribir, la soledad es necesaria y a mí me viene bien. Habría que preguntar a la familia si no les molesta.

PJR: ¿Tienes necesidad de discutir tu trabajo con alguien?

RMT: Tengo necesidad de que me mimen, de que me quieran, de que me alaben, supongo que como todo quisque. La vanidad. Pero luego te pones a conversar de lo que haces con los amigos y te das cuenta de que cada uno te sale con una manía propia distintiva y ve lo que haces en virtud de eso, así que prácticamente da igual discutir o no. Siempre he sostenido de quien más sabe de lo que hace es el propio autor, no el crítico.

PJR: ¿Cuál es la historia más difícil que has escrito? ¿Por qué?

RMT: Cada una tiene su dificultad, el cogerle el ritmo, el estilo, la música, el tempo que decía antes. "La luna pálida", por aquello de contarlo en primera persona de reflexivo, haciendo cosas que uno no puede hacer por pura imposibilidad física, rompiendo las reglas de la gramática pero respetándolas: "Me beso los labios, dobles manos mis manos me acaricio", etc.
En Lagrimas de luz, lo que más trabajo me costó fue la escena con la valkiria, casi al final. No había manera de contar bien cómo Hamlet es cuasi-violado-pero-con-anuencia por Darlanne Steranko. Rompí no sé cuantos folios y al final, en un arrebato de cabreo, mientras despejaba la mesa porque era tarde (ya te he dicho que escribí la novela en la cocina), cogí papel y lápiz y empecé a hacer prácticamente escritura automática. Al cabo de un rato, me di cuenta de que la escena estaba terminada. Y para mi gusto, es uno de los mejores momentos del libro.
El final de Lágrimas de luz me costó sangre. Y el principio de La leyenda del Navegante, encontrar el estilo justo, mezcla de arcaicismo y modernidad, ya te digo que me chupó un par de años. El final de La leyenda del Navegante tuvo cierta dificultad, que no explico para no desentrañar la trama, pero había que emplear unas palabras determinadas y contar la historia diciendo cosas pero sin decirlas, porque la realidad no es exactamente lo que se cuenta. La narradora está mintiendo, pero diciendo a la vez la verdad, y había que tener maña con las palabras.

PJR: ¿Investigas mucho antes de escribir un libro o un cuento?

RMT: Más que investigar, lo que hago es plasmar inquietudes o cosas que me interesan. Lo que tiene de fácil la ciencia ficción, al menos tal como yo la escribo, es que no tienes que documentarte sobre cómo eran las monedas en el siglo XVIII, a cuánto estaba el kilo de pan en el Madrid de la postguerra, qué programas de radio eran más populares cuando Azaña era un bebé. Tú eres dueño y señor de lo que haces (porque de ciencia sé bien poco) y te ahorras un montón de problemas.
Pero, por ejemplo, para La leyenda del Navegante me leí cuanto libro sobre la historia de Venecia cayó en mis manos. Y busqué datos de Savonarola (convertido en Tsavonar Fiore en la novela), e incluso de los comuneros de Castilla. Toda la tercera parte de la historia, (el tercer tomo, titulado Génave) es más historia que fantasía.

PJR: ¿Has dejado de escribir definitivamente? Si es así, ¿podrías explicar qué razones te han llevado a tomar esa decisión?

RMT: No creo. Hombre, que uno siga aquí y que después de cuatro años de escribir un libro que tú sabes es bueno y al que calidad literaria le sobra y ves que se te va a pudrir entre las manos porque nadie quiere publicarlo, cuando lo hacen con auténticas bazofias, siempre jode, y muchísimo. Pero no creo que deje de escribir, lo que pasa es que ya no tengo veinte años y la vida te va imponiendo un montón de puñeterías contra las que entonces te rebelabas: tienes que buscar un trabajo, llegas cansado a casa, hay que casarse, cuesta un fortunón comprar un piso... Las traducciones te ayudan a estar en contacto con el mundillo editorial, te dejan dinero, pero te roban mucho tiempo. Y te planteas si merece la pena (que creo que sí), partirte los cuernos trabajando en un libro equis meses sabiendo que como mucho vas a ganar cien mil pelas, lo van a leer tres gatos, va a durar tres meses en las librerías y después si te he visto no me acuerdo, cuando en un mes te traduces un libro que te deja tres veces esa cantidad, con mucho menos esfuerzo. Es triste que para vivir de la literatura en este país haya que ser traductor y no creador, pero...
Quiero seguir escribiendo, pero de momento me voy a centrar en los relatos, a ver si algún días consigo tener suficientes para hacer otro libro, aunque ya me han dado algún toque para que desista y haga novela dentro de unas extensiones normales (La leyenda del Navegante tiene setecientas páginas).
Eso sí, me gustaría salir del género, hacer algo de mainstream, que diera un poquito de prestigio. Cuando uno lee algo como El invierno en Lisboa, escrito de puta madre, premio nacional y todo y te das cuenta de que el tío ignora lo que es una metáfora y todo lo hace a base de "como" tal, "como" cual, "como" lo que sea, más de diez o doce veces por página, uno no tiene más remedio que dejar de leer el libro.

PJR: ¿Te afectan las críticas?

RMT: ¿Existen? No he leído una sola crítica "formal" a mi trabajo (me parece que, entre esta entrevista y la reseña autobiográfica de Lágrimas de luz, mi mejor crítico soy yo). Las conversaciones de amiguetes psé, uno ya sabe a qué atenerse. Y que zanjen tu trabajo con una frasecita o dos renglones en un fanzine o un periódico, no sé si es serio o no. Además, he descubierto que cada uno te sale por peteneras, juzgando el libro según sus propias neuras, por lo que no es. Si eres hard, que Lágrimas de luz no tiene base científica; si eres pro-monstruero, que tal personaje de La leyenda del Navegante no se vuelve malo porque a él le gustaría así y santas pascuas; si te gustan las batallitas nada más, que Hamlet charla mucho de chorradas que no tienen que ver con la historia; si esperas leer Conan Bis que Salther (el protagonista de La leyenda del Navegante) no mata a sangre fría y es más bien tontito...
Pido una crítica seria, juiciosa, literaria. Cuando haya que dar palos, que los den, pero razonados, justificados, no en base a gustos o estreñimientos que a veces nada tienen que ver con lo literario. Joder, como yo hice con mi tesina sobre Marvel.

PJR: ¿Volverías a escribir?

RMT: En cuanto tenga tiempo.

PJR: ¿Cómo te afecta lo que escribes?

RMT: No lo sé. A veces me pongo de malos humos. Cuando escribo estoy en otro mundo. Si el personaje es cínico, me da por el cachondeo, si el personaje es triste, me deprimo. No al revés: es decir, el personaje no es cínico porque yo esté de cachondeo, ni me sale triste porque yo esté deprimido. Es justo al contrario (ya te comenté la historia de la cicatriz y el accidente).

PJR: ¿Qué escritores te ha influencia más? ¿Han influido en tu estilo tus estudios de Filología Inglesa? ¿Te ha influido traducir?

RMT: Robert Howard, a un nivel muy remoto y principante. Raymond Chandler (curiosamente, sólo había leído, en versión original eso sí, Farewell, my lovely cuando hice "Nunca digas buenas noches a un extraño", luego me tragué todo lo demás). Francisco Umbral y Vargas Llosa en lo puramente estilístico y literario. Stephen King (el relato larguísimo "A tumba abierta", modestia aparte, está hecho conscientemente como si hubiera sido escrito por King; claro que él lo habría hecho en una semana y yo tardé año y medio). No sé, muchos autores. Todo lo que no es traición es plagio, ¿no? Todo lo que uno lee se le queda dentro, en mayor o menor medida. Y en mi forma de escribir y de contar hay influencias que no sólo se deben a la literatura. Stan Lee, Harold Foster, los comics en general, el cine...
¿Los estudios? Supongo que sí. Cantidad de nombres de La leyenda del Navegante están sacados de las clases de anglosajón (aunque los países e islas están todos sacados de sitios reales de la geografía española). Hamlet tuvo su origen en las clases de literatura medieval de tercero, ya lo he dicho. Y, claro, los estudios de literatura en general y de crítica literaria ayudan mucho. Yo diría que la Oda al Otoño de John Keats tiene mucho que ver con ese sentido lánguido y poético de moda neo-romántica y colores pastel de La leyenda del Navegante.
No sé si las traducciones me influirán. Hasta ahora, el estilo no se me ha "simplificado", que es como lo emplean las mitad de los yanquis que tengo que traducir. Pero también es cierto que La leyenda del Navegante la terminé cuando apenas había traducido cinco o seis libros, y no he vuelto a tocar la novela como género desde entonces.

PJR: ¿Podrías describir cómo haces tus traducciones?

RMT: Enchufo el ordenador, cojo el diccionario, abro el libro y a empezar. Normalmente, siempre llevo leídos un par de capítulos por delante de lo que hago. Me gustaría poder leérmelo entero antes de meterle mano, pero no da tiempo. Luego, una vez terminado, repaso y pulido general. A veces, me despierto por las noches (o sueño) con un término más apropiado para una palabra intraducible o caigo en la cuenta de algún error que se me ha colado. La manía americana de inventar palabros raros (caso de Radix o Neverness) me trae loco.

PJR: ¿Te gusta traducir?

RMT: Me gusta mucho, si no fuera así no estaría traduciendo, pese a que está bien pagado. Me sirve de aperitivo creativo y, además, es casi tan divertido como escribir cosas propias. Lo único que me jode es que, después de cuarenta y dos libros que llevo hasta ahora (aparte de descubrir que la vida media de un libro es de tres o cuatro meses, nada más, ya puede ser una auténtica virguería), te tienes que contentar con lo que te echen, y a veces son auténticas bazofias que no hay quien se trague. Y uno piensa que tienen que pagarle al traductor, comprar los derechos, pagarle al destructor (perdón, corrector) de estilo, linotipista... qué sé yo. Un libro sale por un pico y a veces yo, que lo estoy traduciendo, lo estoy interpretando, le estoy poniendo mi voz (y a veces mi estilo; lo más bonito que me han dicho de Tom O'Bedlam, por ejemplo, es que parecía que lo había escrito yo) me doy cuenta de que es un rollo patatero que no interesa a nadie pero que hay que publicar cualquiera sabe por qué, posiblemente para cubrir el expediente y los autores españoles muertos de hambre.

PJR: En una ocasión dijiste algo así como que no te interesaba la ciencia y la tecnología, ¿podrías extenderte un poco sobre eso? ¿En que sentido lo dijiste?

RMT: Vamos a ver... Supongo que te referirás a mi autointroducción en Máser. No es que no me interese la ciencia (vivo en este siglo, ¿no?), lo que pasa es que, en literatura, me interesan más los personajes, las ideas, que los inventitos y los gadgets y las clases resumidas de ciencia cuando son sólo eso, una clase donde el asimov de turno demuestra lo mucho que sabe y lo difícil que va a resultarle al tonto de fulanito comprender su novela a menos que haga un master por correspondencia. La literatura es otra cosa, al menos para mí. Claro que yo siempre pienso en literatura como mayúscula (aunque no lo escriba) y parece que en el género eso es poco menos que tabú. Para ser escritor lo primero que hay que hacer es saber escribir, ¿no?
La tecnologías, para mí, es como el espejo de Galadriel: No entiendo como funciona casi nada, y eso me pesa. (Por cierto sobre la temática de la tecnología he traducido este verano Crystal express, para Ultramar, donde el tema central es precisamente ese, visto desde un buen montón de puntos de vista). Me fascinan todos los cacharritos raros y los inventos ultramodernos, pero a la famosa pregunta de Julia Otero "¡¿Qué hecho tecnológico le cuesta más trabajo entender?", yo siempre he pensado que, cuando me entreviste, voy a responderle que el sacapuntas.
No, no es cachondeo. Me fascina precisamente eso, el inventito aparentemente estúpido que cambia tu vida y pervive, sin que nadie le de la menor importancia: el sacapuntas, el bolígrafo, el rotulador, el botón, el ojal, el tapón, la llave, la goma de borrar, el dedal, las gafas... cosas a las que nos acostumbramos y no les damos importancia, cuyos inventores no quedan registrados en la historia, pero vaya si han hecho algo.

PJR: ¿Cómo ha afectado el hecho de escribir a tu personalidad y a tu vida?

RMT: No puedo contestar a esa pregunta. No me lo planteo. soy lo que soy, que decía Popeye. Soy muy mío. Muy Original, muy protestón, muy inconformista. No puedo imaginarme sin escribir. No sería yo.

PJR: ¿Cómo te relajas en tu tiempo libre?

RMT: Entre clases y traducciones, yo diría que no tengo tiempo libre más que el justo para descansar sin que me de el telele (término andaluz, supongo, que debería adoptarse para traducir el ánglico stress). Pero, cuando no estoy metido en harina, he conseguido hacer un arte de no hacer nada.

PJR: ¿Podrías decirnos uno de tus vicios secretos?

RMT: Soy más comilón que bebelón: Antes tenía una cinturita de avispa y ahora... Leo tebeos por un tubo, más que libros (mea culpa, mea culpa). Me gusta ir al cien los lunes por la tarde, cuando no hay nadie, sentarme en la fila veinte sillón uno y poner los pies en el asiento de delante. Mi pero manía es que me arranco los pelillos de la barba: Todavía no he conseguido un apurado de anuncio.

PJR: ¿Puedes describir un poco tus nevos proyectos, o algo que hayas escrito y no haya visto la luz?

RMT: ¿Aparte de La leyenda del Navegante, honra y prez de las letras hispánicas, joya incunable que algún historiador descubrirá para su gloria en el siglo veintiuno? (No puedo hablar de un tocho de setecientas páginas sin echarme a llorar ni destriparla).
He terminado un relato de unas noventa páginas, como ya he dicho, "A tumba abierta", que supongo me comeré con patatas porque no veo sitio donde publicarlo Y QUE LLEGUE a alguien. La novela de terror que pretendo empezar desde hace más de diez años (soy así), se desarrollaría en Cádiz y en Carnaval, en tiempo real, pero no he decidido en qué año y cuándo empezarla. Algunos relatos me han vueltas por el coco, pero no sé. Una historia de viajes en el tiempo, en plan novela, pero sólo tengo pensado el punto de arranque (insisto en que soy incapaz de improvisar).
Mundo de dioses es el comic que estoy haciendo con Carlos Pacheco. La idea es, me parece, bastante original y Carlos está haciendo un trabajo absolutamente impactante, tanto que últimamente tengo miedo de no estar a la altura, porque lo veo todo muy nublado a partir del tercer episodio. En un intento de imitar a Alan Moore (dicen que el primer número de Watchmen tenía cien páginas de guión), el guión de las ocho primeras páginas en cómic ocupa casi treinta de escritura. Ya hablaremos más adelante: Es un proyecto que no quiero que se gafe.

PJR: ¿Qué opinas de la ciencia ficción española? ¿Crees que es posible la existencia de una ciencia ficción española? ¿Qué opinas de los fanzines?

RMT: La verdad es que lo últmo que he leído ha sido la trilogía de las islas de Angel, versión manuscrito, y como el puñetero después me utiliza como conejillo de indias y cambia las cosas de un libro a otro no recuerdo los libros tal como luego han salido (he jurado que no volveré a leer nada suyo hasta que no esté impreso, joder, que después no me entero de nada). Estoy deseando leer el libro de Mundos en el abismo, aunque con eso de que es hard, me temo que va a costarme entenderlo.
Hubo un momento, en los dos últimos años de Nueva Dimensión, que parecía que algo se estaba cociendo: Escribía yo, escribía Roberto Toyos (a quien tengo muchas ganas de conocer en persona; me da la impresión de que tenemos muchas cosas en común), escribían Lázaro, Redal, Cidoncha, Angel Torres... joder, hasta otro Rafael Marín y todo. Y de pronto, zas, se derrumbó la Fundación y nos quedamos con el culo al aire. Desde entonces, hemos ido apareciendo con cuentagotas: Lágrimas de luz, que podría haber sido el principio de una etapa, parece que fue el final de otra. Las editoriales pasan olímpicamente de autores españoles, confiados en los apellidos sajones que a lo mejor tampoco conoce nadie (¡Y eso que les saldríamos más baratos!), pero es que los puñeteros quieren ganar pasta sin hacer la más mínima publicidad, y así no me extraña que sólo se vendan dos mil libros, y ya es mucho.
Odio decirlo (soy completamente contrario a las subvenciones), pero a lo peor habría que introducir una especie de "control de taquilla" y publicar un libro de autor español cada... joder, con que sacaran uno cada cincuenta extranjeros ya podríamos sentirnos más que satisfechos.
Los fanzines me interesan. Pero al parecer soy yo quien no intereso a los fanzines: Antes me solicitaban colaboraciones, relatos, alguna entrevista.... ahora nada. No sé si ya me han pasado mis quince minutos de fama warholiana o si piensan que me lo tengo creído y no voy a colaborar con nadie porque no pagan. Lo dije una vez en Máser, me parece, la batalla desde los fanzines es larga e infructuosa, pero eso no quiere decir que no vaya a colaborara con ninguno. Hay un problema, claro: como no publico, no escribo cuentos, y como no escribo cuentos, no publico. Así que ya sabéis, facineroso del reino, mi futuro está en vuestras manos. Y si no son cuentos, siempre puedo hacer crítica de comics, de cine, de libros, hablar de mis experiencias como traductor (que es otra historia), o hablar simplemente de mí, uno de los temas que más me gustan...

PJR: ¿Cuál podría ser la solución para la ciencia ficción española?

RMT: Vengo diciendo desde hace años que el día menos pensado un advenedizo cualquiera ganará los muchos kilos del Planeta con una novela de ciencia ficción, y entonces él al menos se forrará (no sé los demás). A lo mejor se produce un boom autóctono y todo. Pero o sé si eso será una solución o no.
Habría que intentar salir fuera: HAY QUE TRADUCIR LAS NOVELAS ESPAñOLA AL INGLES, jolín ya. ¿No se puede poner nadie en contacto con un Bantam Books y venderles los derecho de Lágrimas de luz, de Gabriel, de La caída del imperio, de las Islas de la guerra, de Sagrada, de qué se yo? Ya no se trata de que te guste o no una novela, que seas amiguete o trencilla, que te caiga zutanito como un tiro y quieras hacerle la puñeta. Hay y ha habido cosas dignas que no pasan de los Pirineos por la miopía de lo editores, y como siempre la pescadilla vuelve a morderse la cola.

PJR: ¿Te mantienes al corriente de lo que se hace en ciencia ficción española?

RMT: En novela sí. En relato, no demasiado. No hay sitio donde publicar (hace falta más que nunca otro Nueva dimensión), y ya he dicho que no me llega ningún fanzine (menos no ficción y BEM) desde hace años. Ese es el gran mérito que tienen los fanzines, mantener al personal enterado y en contacto, servir como Hispacón impresa.
Pero claro, si encima que somos cuatro gatos empezamos a pelearnos, a decir chorradas y a joder al que no es amiguísimo... La moda es efímera. Lo clásico es lo que perdura.

PJR: ¿Te reafirmas en lo que expresaste en tu carta abierta que apareció en Nueva dimensión?

RMT: No sólo me reafirmo, sino que ahora es aún pero: Antes, al menos, había un Nueva dimensión al que escribir cartas abiertas...

PJR: Para terminar, ¿cuál es en tu opinión tu mejor trabajo?

RMT: No desprecio casi nada de lo que he hecho. En relatos, el que más quiero es "La luna pálida". En novela, La leyenda del Navegante me parece mucho mejor escrita que Lágrimas de luz, siendo completamente distinta, aunque de entrada sea menos grandilocuente y no haya querido dejar al público decir la última palabra.

PRINCIPAL | RESEÑAS | COLUMNAS | ARTÍCULOS | REVISTAS | ENTREVISTAS