Éste es uno de esos libros que me ponen en un brete a la hora de calificarlo para esta página web. ¿A qué atiendo para reseñarlo? Si atiendo a su estructura narrativa, a la supuesta novela que se presenta entre las tapas del libro, me temo que entonces el libro no da mucho de sí, una historia con destellos brillantes en ocasiones, pero bastante pobre en motivaciones, un poco débiles, y unos personajes desdibujados, que se retuercen demasiado en cuanto a la necesidad del autor de escribir algo con esos personajes y dotar al libro de una cierta apariencia de novela. Ahora bien, si atiendo a la otra parte del libro, entonces tengo entre las manos una obra muy entretenida, brillante muchas veces y que transmite un sincero y apasionado amor por la hermana pobre de los estudios lingüísticos, la ortografía, el modo en como escribimos las palabras y la arbitrariedad con que lo hacemos. Una disquisición sobre la naturaleza de lo escrito y de cómo la ortografía y la fonética se confabulan para rebelarse ante la semántica. Entonces el libro adquiere un tono más parecido al de un diálogo platónico sobre la naturaleza (inexacta) de las cosas que al de una novela. Sólo los dos personajes que intervienen en esta parte del libro son en realidad necesarios, Carlos, el comprador, y Orgaz, el vendedor, para dar sustancia al libro. Me temo que el resto es bastante innecesario. Matías Orgaz vende palabras: raras, reversibles, adecuadas para describir cosas que hasta ahora no tenían nombre, en desuso, inútiles pero bellas o simplemente… palabras. Matías se convertirá en el mentor de Carlos en un viaje por el mundo de lo escrito, por el país de los que juegan con las palabras (referencias a un cuento inexistente de Umberto Eco, a los Ejercicios de estilo de Queneau, a Cortazar, a Cabrera Infante…), a los palíndromos, a la polisemia, juegos de palabras, a palabras que pueden reflejarse en un espejo o a los inventores de palabras: Lewis Carroll, el reverendo Dogson, tiene de principio a fin una innegable presencia, tiñendo el mundo con su voluntad de no dejar el lenguaje en paz resumida en la aparición, en la primera página, de murgiflar -ese ruido que supuestamente entona el momio en el poema "El galimatazo". Tampoco desmerece el libro para nada en este aspecto la inmensa lista final de autores, publicaciones y ediciones que Marchamalo escribe -capítulo por capítulo- a reconocer sus deudas y dar el nombre de los deudores, esclareciendo algún punto que otro sobre autorías o anonimatos varios. Siruela es posiblemente una de las editoriales que mejor sabe editar libros y autores. La colección "las tres edades" -esa respuesta al enigma de la esfinge- nos remite a un universo en el que el mundo de la literatura no está compartimentado en edades de lectores, y reivindica el derecho a cierta literatura que tenga la misma apreciación, aunque a diferentes niveles, por cualquier lector que se avenga a leer un libro de esta serie. En este caso, La tienda de palabras, cumple muy bien ese canon y es un placer leerla aunque, como dije al principio de esta reseña, los contenidos y la historia no estén demasiado avenidos…
Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.