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Portada de Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides
Valoración: 4 estrellas de 5

Anagrama. Barcelona. Título original: The virgin suicides. Traducción: Roser Berdagué. PVP: 2.200 pesetas (13,22 €). ISBN: 84-339-0663-1.

Las vírgenes suicidas

Jeffrey Eugenides

Cinco hermana se suicidan en un típico suburbio de Estados Unidos. El hecho, inexplicables e incomprensible, obsesiona a un grupo de jóvenes, ahora cuarentones, que en su momento conocieron a las muchachas y se sintieron atraídos por ellas, en esta delicada novela.

por María Castro

He de confesar que cuando este libro fue editado en España por primera vez, en al año 1994, me pasó absolutamente desapercibido y que llegué hasta él, a través de la estupenda película que basándose en el mismo realizó Sofía Coppola. Para ella era su primera película, así como para Eugenides era su primera novela y en ambos casos el debut fue prometedor.

Y si bien se trata aquí de hablar del libro, hago referencia a la película porque creo que en mi caso, el haberla visto en primer lugar, condicionó mi lectura, hasta el punto de que tengo dificultades para separar ambas en mi mente. La profundidad que inevitablemente confiere la palabra escrita, la reflexión personal que acompaña a la lectura, se sustituye, en la película en gran parte por la banda sonora. La capacidad de evocación instantánea que tienen casi todas las canciones que la forman nos provee del estado de ánimo necesario para entenderla. Así, mientras leía el libro, podía decirse que la música sonaba en mi cabeza.

Y la música es importante, también en la novela, porque toda ella nos transporta a una fase de nuestras vidas, la adolescencia, en la que la música se convierte en el sustituto de unas palabras que todavía no sabemos bien como pronunciar. Cada canción consigue contener, como sucede con la poesía, una explicación del mundo, una declaración de intenciones. No importa que la época en la que transcurre, con sus canciones, no haya coincidido con nuestra propia adolescencia. En uno de los momentos más conmovedores de la historia sólo la música consigue establecer un puente, un momento de unión íntima, con el que es imposible no identificarse.

El escenario en que transcurre la novela es un típico suburbio americano, ese que hemos aprendido a conocer a través de innumerables películas y series de televisión: cada casa idéntica a la siguiente, con idénticas parcelas de terreno sin cercar y en la que siempre hay una bicicleta caída y una botella de leche, al lado de la puerta, justo ahí, donde el chico que por la mañana temprano reparte los periódicos deja caer un ejemplar. Se da la bienvenida a los nuevos vecinos con tartas caseras, se llevan platos preparados a los funerales, se preparan barbacoas y existe un día, a comienzos del otoño, en el que todos se ponen de acuerdo para eliminar las hojas que caen de los árboles, dejando las cuadrículas de césped inmaculadas...

El verano en que comienza la novela, mientras las moscas de la fruta, que apenas nacen, ya están muriendo, lo cubren todo, Cecilia, la pequeña de las cinco hermanas Lisbon se mata atravesada por los hierros de la verja que está bajo la ventana desde la que se lanza al vacío. Durante ese largo invierno, los árboles van cayendo, uno a uno, sacrificados para evitar que se extienda por toda la ciudad la enfermedad que los aqueja. Y el verano siguiente en el que una plaga de algas se extiende por el lago, inundando todo el barrio de un pestilente olor que impide respirar, Bonnie y Thérese, Lux y Mary Lisbon se suicidan.

Muchos años después cuando los que entonces eran muchachos adolescentes se acercan rápidamente a la mediana edad, rememoran y tratan de dar sentido a lo que en aquel verano ocurrió, aquello que no ha dejado de obsesionarles y cuyo significado se les escapó en su momento y todavía ahora no son capaces de reconstruir. Todo este tiempo han guardado, como reliquias, distintos objetos que pertenecieron a las cinco hermanas y que repasan una y otra vez tratando de dar con la solución del enigma.

Porque las hermanas Lisbon eran en vida y fueron tras su muerte un enigma que ellos se vieron impotentes para desentrañar. Eran el enigma de la feminidad cuando vivían, cuando sonreían, cuando tomaban el sol en el jardín, en cada pequeño gesto que ellos, ávidos, trataban de sorprender. Fueron un enigma después, progresivamente encerradas, recluidas en una casa a la que nadie accedía, que soñaban con recorrer, sorprendiéndolas en su intimidad. Fueron un enigma más tarde cuando lanzaban sutiles mensajes de auxilio, encendiendo y apagando las luces, pidiendo catálogos y más catálogos por correo, lanzando mensajes que ellos encontraban entre los radios de sus bicicletas. Pero se convirtieron en el supremo enigma tras su muerte, último y definitivo mensaje que todavía hoy no saben como interpretar.

Aquello que no consiguen aprehender, lo que hoy como entonces se les escapa, es el aroma de la adolescencia, esa etapa mítica que, incluso más que la infancia, es en parte real y en parte reconstruida en la edad adulta. La percepción del mundo que tenemos entonces, intensa y absoluta, no se recupera, pero el desconcierto se mantiene. Nunca comprendemos del todo al adolescente que fuimos, pero tampoco conseguimos nunca desembarazarnos de él por completo. Nuestro yo es infinito en la adolescencia, capaz del mayor entusiasmo y de la mayor desesperación. Hacerse adulto consiste básicamente en adaptarse a uno mismo, igual que nos adaptamos a un traje estrecho.

Por todo ello el final de las hermanas Lisbon es contemplado, por aquellos que lo vivieron de cerca, como algo terrible, sí, pero no trágico. Quizás porque ellas perdieron el futuro probable, pero conservaron todos los posibles y ellos viven hoy en un futuro que ni siquiera imaginaron y en el que el sitio reservado a la esperanza se ha ido haciendo más y más pequeño.

Cuando el doctor pregunta a Cecilia, tras su primer intento de suicidio, "¿Qué haces aquí niña, si aún no sabes lo mala que es la vida?" Cecilia le contesta: "Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años". Cualquiera que conserve en su interior una parte del adolescente confuso que un día fue, comprenderá a Cecilia y, sin duda, disfrutará con este libro.

Su opinión:
Acabo de leer el libro... - sharon irais serrano garcia

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