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La fiesta del Chivo
Mario Vargas Llosa Valoración del libro: No lo he leído Valoración de la reseña: No la valoro La destreza de oficio del enorme Vargas Llosa me ha apabullado. Dueño de una narrativa acuciosa, exhaustiva, total, imantó mi voluntad desde la primera página y me retuvo entre sus dedos a lo largo del día y aun de madrugada. Ni siquiera el agotamiento apartó de mí esas páginas prodigiosas. Las lágrimas fueron la catarsis, el corolario, de una prolongada angustia, de una furia contenida, de un apetito creciente de justicia que el Escribidor supo incitar magistralmente. Curiosamente, el tirano Trujillo resulta, en los fueros íntimos de mi desprecio, un corderito frente al pendejo de Pupo Román. Ese cobarde es el gran villano de esta historia. Los tormentos a los que fue sometido en ningún momento suscitaron mi piedad. Balaguer es la gran sorpresa, una revelación tan insólita como aquella que provocó descubrir las pericias del Presidente Gaviria en "Noticia de un secuestro". Concluyo mi apología afirmando que la muerte, en talentos como Mario Vargas Llosa, es una obscenidad. Debería quedarse aquí por siempre para iluminar, con su inteligencia preclara, las horas inútiles de los mortales. Desde el punto de vista crítico, ciertamente ensaya con gratuidad distintas voces narradoras y pasa de la conjuación pretérita a la presente con la misma veleidad con que habla en tercera o segunda persona del singular. En esos momentos no lo asiste la honestidad, sino la vanidad. De la misma manera, me da la impresión de que quiso quedar bien, a un tiempo, con el lector y los historiadores, aspirando a lo imposible: pactar con Dios y el diablo. La abundancia de datos y nombres confunde y aburre al lector lego, mientras que las dosis ingeniosas, los aspectos imaginados, enfadan a los peritos. Por último, el retorno de Urania Cabral no logra comprenderse. Ni se venga ni perdona. Su delación en el seno familiar suscita más repulsa que empatía. En términos de la estructura, ese periplo resulta ingenioso, pero su motivo y conclusión son francamente lamentables. Gracias a don Mario por estas horas fascinantes. Gracias, de verdad. Sólo espero poderme reponer de la inhibición que me ha causado asistir a la lectura de una de las mejores novelas que se haya escrito jamás. Uno se queda, literal, literariamente, nulificado. Volver a La fiesta del Chivo
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