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La mazmorra crepúsculo
El cementerio de los dragones Joann Sfar y Lewis Trondheim Joann Sfar y Lewis Trondheim regresan con una nueva historia de la Mazmorra. Pero en esta ocasión, se trata de la Mazmorra tal y como será en el futuro, en una mirada crepuscular, en más de un sentido, al destino final de sus actores principales. Me rindo. Ésta es la tercera vez que intento hacer la reseña de La mazmorra crepúsculo: el cementerio de los dragones. Las veces anteriores lo único que me salían eran estupideces de tipo: “El cómic es un medio que por necesidad histórica se debate esquizofrenicamente entre la reivindicación de su lenguaje como forma honrosa de contar historias y su vertiente de entretenimiento de masas, generando una dicotomía. Por ejemplo entre Superman y Maus. Entre Bob Kane y Tardi. Entre lectores adultos y niños maravillados o entre pretenciosos y retardados. Entre Europa y América. O entre Europa y Japón. Entre intelectuales y frikis. Entre renovadores y tradicionalistas. A veces parece que entre listos y tontos, héroes y villanos, grandes y pequeños. Y no estoy hablando de los personajes, me temo, sino de lectores, autores y críticos.” Para describir lo que se supone que le pasa al cómic hoy en día o una gilipollez por el estilo. Y luego intentaba continuar en la misma línea épico-pedante intentando describir la obra de los dos autores con frases como: “La Mazmorra, la creación de Sfar y Trondheim es, como dije en ocasión de la publicación del tercer volumen en Español, un atentado directo a las expectativas del lector. Partiendo de materiales de construcción bastante extraños, los autores sacuden al incauto receptor retorciendo los esquemas de la narración. Traducido al lenguaje normal y corriente: La Mazmorra muerde al lector. Lo muerde de muchas formas. Para empezar porque es imposible asir la forma de narrar de Sfar y Trondheim. Uno espera reírse con algunos golpes de ingenio, admirar un poco de brutal humor surrealista o una inesperada declaración sobre la naturaleza de las cosas hecha por alguno de los habitantes del mundo de Terra Amata.” Pero ni yo soy tan tonto como para no darme cuenta que no estaba diciendo nada interesante. Así que me lo he replanteado e iré directamente al grano, al meollo del asunto, lo que me persigue constantemente en este volumen, el cuarto publicado en España por Norma Editorial. Lo que realmente me preocupa es el murciélago. En serio. El puñetero murciélago; el guía del Rey Polvo en su viaje final en busca del descanso eterno. El murciélago que habla. Ése. No me preocupan ni el Rey Polvo, ni el Conejo Rojo Marvin ni el Khan ni los Olfs ni siquiera el malvado Visir ni los eliminadores ni el chamán de los pájaros ni los conejos normales ni nada de lo demás. Al único que no puedo quitarme de la cabeza es al puñetero murciélago que quiere volver a ver a su mamá. ¿Qué por qué? Porque no se supone que deba preocuparme, ¿verdad? Se supone que debo reírme con un álbum de la mazmorra. O asombrarme. Pero vamos, que se supone que debe ser entretenido, con múltiples referencias que pillar y todo eso. Lo que no me esperaba es que un pequeño murciélago me deprimiera tanto. Lo que tampoco me esperaba era que un álbum de la serie La Mazmorra fuera bonito. Ya está, ya lo he dicho. Eso es lo que realmente no me esperaba. Que el murciélago me deprimiera y la historia fuera una buena historia bien contada, capaz de ir más allá de la colección de chistes o frases ingeniosas o situaciones divertidas para ofrecer algo más que simple entretenimiento. Y eso es, en suma lo que le pasa a este número de La mazmorra. En los anteriores se veía una cierta intención de contar historias aparte de manipular de manera ingeniosas los elementos con los que están construidas las paredes de esta Mazmorra (dragones y conejos, princesas y bárbaros y abominaciones lovecraftianas contra animalejos disneianos), pero es en este número donde demuestran que con todo eso, además de entretener, se puede contar buenas historias. Ésta es una historia del crepúsculo. Por dos razones, una geofísica y otra estilística. La geofísica es que el planeta de Terra Amata ha dejado de girar sobre su eje y los seres vivos viven en el terminator, la línea divisoria entre la zona de día constante y la de noche permanente. Esta historia, en suma, transcurre en el crepúsculo eterno de Terra Amata. La otra razón, la estilística, es bastante más fácil de comprender. Es una historia crepuscular sobre el destino final de algunos personajes de La Mazmorra años después (como mínimo, más de veinte, aunque podrían ser perfectamente uno o dos centenares) de las aventuras narradas en los primeros volúmenes. El Rey Polvo siente que llega el fin de sus días, y por tanto debe emprender el camino hasta el cementerio de los dragones para que sus huesos descansen con los de sus antepasados. Sin embargo el rey Polvo es un prisionero y supuestamente guarda el conocimiento de un inmenso tesoro, así que es vigilado y amenazado. En su viaje encontrará enconados adversarios y extraños amigos (en la Mazmorra es difícil distinguir unos de los otros a primera vista. Y también a segunda vista). El viaje del Rey Polvo revelará algunas cosas sobre Terra Amata y lo que ha ocurrido en el pasado, unas cuantas revelaciones sobre identidades pasadas y hechos acaecidos hace tiempo, pero muchas otras cosas quedan sin responder en universo aparentemente simple que de repente cobra complejidad. En resumen, es una magnífica historia crepuscular como una película de Clint Eastwood aderezada de los habituales sarcasmos, brutalidades y delirios que los autores acostumbran a hacer. Pero eso mismo no impide que La Mazmorra no cobre de repente una cierta profundidad, y una cierta belleza al mismo tiempo, justo en el momento que los autores superponen varios arquetipos y de repente resulta que la cosa en sí es más que la suma de sus partes. La pedante reflexión que intentaba hacer en mis fallidas reseñas anteriores a esta (también fallida, pero por lo menos más honrada) es que pese a todo lo que intentemos ver o dejar de ver en el medio conocido como cómic, lo que convierte a una historia en buena o mala está más allá a veces del análisis que podamos realizar. Alan Moore ha contado al menos una vez una buena historia de Superman. Eisner hizo maravillas con un héroe que parecía del montón en un principio. Y buenos narradores de historias han fracasado ante personajes que parecían mejores que los de Sfar y Trondheim. La intención tampoco cuenta: hay cómics alternativos que no por ellos son buenos o siquiera interesantes, y hay buenas ideas con pésima ejecución. Lo que quiero decir es esto: no importa la forma, el tamaño, el contexto, la intención, la originalidad, la inteligencia supuesta o el grafismo o los medios técnicos. Lo que realmente importa en el cómic (y en realidad en cualquier medio, pero esa es otra historia) es que siempre es posible sorprender, siempre puede surgir un buen cómic del sitio más inesperado, siempre hay una buena historia esperando a ser contada. No hay que perder la esperanza. Ya está. Eso era todo. © Xavier Riesco Riquelme 2001 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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