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Super-Cannes
J.G. Ballard Ballar regresa a su mundo obsesivo. Las grandes estructuras, la decadencia de la clase alta, los problemas psicológicos, las referencias literarias... Super Cannes es todo eso y más. Super-Cannes, mitad descripción realista de la vieja Europa, mitad extrapolación salvaje de los mitos de la posible nueva Europa, es una historia (muy en la línea de Ballard) sobre sociedades cerradas, dominación, poder, sexo y muerte. En suma, todas esas cosas que, según parece decir Ballard, hacen un poco más llevadera la vida. Jane y Paul son una pareja recién casada, él es piloto (otra obsesión de Ballard) convaleciente y ella médico y ambos van a empezar una nueva vida en el complejo Edén-Olimpia, parte de las nuevas estructuras industriales/laborales/ciudad dormitorio que empiezan a florecer en el mundo del siglo XXI. La llegada a Edén-Olimpia y todas sus maravillas está empañada por lo sucedido hace unos cuantos meses, cuando el pediatra residente, David Greenwood, a quién los protagonistas conocían casualmente, salió armado con un rifle para cometer una masacre que le costó la vida a diez personas. Vigilados atentamente por Wilder Penrose, psiquiatra del complejo, Jane ocupa el puesto del difunto Geenwood mientras Paul, ocioso en su convalecencia, intenta encontrar una explicación a los actos de Greenwod para así poder librarse de su presencia permanente a su alrededor (presencia constante debido que ocupan la casa en la que el difunto pediatra vivía y Paul siempre tiene en mente la sospecha de una posible relación amorosa pasada entre el antiguo inquilino y su joven esposa). Y mientras la terrible lógica interna de la comunidad Edén-Olimpia empieza a hacer efecto, Paul comienza, por supuesto, a descubrir cosas sobre la estructura del mundo en el que está viviendo. Ballard acomete una tarea un tanto extraña: reescribir El quimérico inquilino de Roland Topor (o en su defecto la película de Polanski) en clave de las neurosis (aún por venir, por lo visto y gracias a Dios) del siglo XXI. Para hacerlo parte de los elementos eternamente presentes en su obra, que a estas alturas uno no sabe si calificar de inquietudes personales o de obsesiones compulsivas: la desviación (moral, ética, sexual, psicológica, social), la alienación (ídem, eadem, ídem), la soledad; lo monstruoso y lo normal, ambos cogiditos de la mano mientras pasean por los edificios de diseño de las sedes del capitalismo del futuro bajo la atenta mirada de los futuros líderes económicos y sus guardianes de la salud mental. Después de esta parrafada más me valdría dedicarme a algo más positivo, como sexar pollos, pero pese a que la maquinaria de la narración de Ballard es tan evidente como el mecanismo de un martillo, la inexorabilidad que el lector encuentra en la desencantada prosa y la desolada visión del mundo que transmite hace que no se pueda despegar fácilmente uno de la lectura mientras desciende de la mano del protagonista a un infierno posmoderno, limpio y ordenado, en el que, como otras veces ha hecho Ballard, los territorios de la fantasía humana más salvaje chocan de frente con el orden autoimpuesto. De hecho, Ballard, hasta cierto punto, está jugando con los mismos parámetros que en Rascacielos, hablando exactamente de lo mismo y casi de la misma manera. Una de las cosas más entretenidas de este libro es intentar hallar los ecos de las ficciones fantasmas que lo poseen. Los personajes discuten entre sí acerca de psicología, literatura, arte y organización social, y por tanto, desde un primer momento, uno se da cuenta que son tan importantes los textos comentados como los que faltan por comentar. Si un personaje hace especial hincapié en Alicia en el país de las maravillas y la especial relación del reverendo Dogson con Alice Liddle, el lector puede entonces suplir por su cuenta como texto ausente cuando avanza la narración: El señor de las moscas. Si aparece una obra de Scott Fitzgerald como elemento recursivo, entonces uno puede introducir a Hemingway en la lectura. De hecho, la figura del psiquiatra en jefe que aparece comparte los modales ultra-viriles y la apariencia que uno espera del viejo escritor, y así continuamente, uno puede sugerir textos fantasmas a partir de los que se citan. El terreno que Ballard describe es familiar para todo aquél que se haya acercado con anterioridad a la obra de este, pero la familiaridad está atenuada en este caso, paradójicamente, por la cercanía del mundo que describe: los últimos vestigios de la Costa Azul burguesa y su pretendida alta cultura del ocio frente al ethos del trabajo de la nueva clase corporativa mundial y las obsesiones que esta nueva clase lleva consigo. El choque, intencionado, se presta a convertir este libro si no en uno de los mas imaginativos del autor, si en uno de los más fascinantes pese a la mencionada reiteración de elementos anteriores. Tal y como le ocurre al personaje principal, uno no puede escapar de la fascinación de lo terrible aunque tenga idea de lo que le espera. Una lectura sombría, pero quizá, en cierto modo, necesaria. © Xavier Riesco Riquelme 2002 Xavier Riesco Riquelme (Mbandaka, 1972) es estudiante de filología inglesa. Realiza reseñas de libros para diversos medios y colabora habitualmente con El archivo de Nessus. Ha escrito algunos cuentos, muy buenos y originales, pero es demasiado vago para intentar nada más largo.
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